¿Les había dicho que vengo aquí a descansar? Dios mío, hoy llego arrastrándome para escapar de las olas de mi arrogancia. Yo nunca trabajo: yo creo. Aunque debo admitir que crear cansa, en ocasiones, tres veces más que el trabajo mismo. Había estado todos estos meses resistiéndome a echar a andar mis proyectos. Razonando sobre experiencias pasadas. Había decidido alejarme de la idea de construir realidades no sólo para mí; había decidido dejar de compartir las realidades que creo para mí misma. Son, ustedes saben, realidades extremas. Más tardé en decidir no compartir, que en echar a andar los motores de las cosas en las que creo. Hay que tener cuidado cuando uno es algo así como un generador, porque los proyectos crecen, avanzan, se desprenden de nosotros mismos. Cuando un proyecto es bueno, avasalla cualquier identidad, extermina a su dueño. Ahora me doy cuenta que soy feliz dejándome acabar por los proyectos que construyo, que los muevo hasta que me aniquilan, hasta que dejo de saber quién soy yo, o quién construyó aquella ciudad, o aquel espacio. Me encanta perderme dentro de mis propios edificios. Nadie puede ser dueño del infinito. Pero hay quienes le abren la puerta. El infinito entra pasando por encima, nos derrumba, y uno empieza de nuevo. ¡Oh, sí! entonces uno es ese recipiente diminuto desde donde se desborda una arrogancia brillante y, por supuesto, infinita, que toca, a través nuestro, cada esquina del mundo.

d. 
                                                    "Ella dijo:

                                                     Me han traído a país sin río,
                                                     tierras-Agar, tierras sin agua

                                                     pero siempre vivió cerca
                                                     del tajo de agua
                                                     que habitaba en su cabeza."

Marcelo Pellegrini (Del libro "El doble veredicto de la piedra")

Oh, i miss you, guys!

d.

Y sí, sí amo las lecturas, lo juro. Como ir a la montaña.


d,

but do you
recall who I am, stranger? Do I resemble the ancient
pastoral poet who the stars crowned as a king of the night...
the one who renounced his throne when the stars
sent him as a shepherd for clouds?

                                   Mahmoud Darwish (Exile, fragmento)
En estos tiempos a los escritores se nos exige demasiado. En verdad, demasiado. ¿No es usted escritor, estimado lector? Entonces quizá desconozca que a los escritores antes que nada, se nos exige interpretar el papel de escritores ante un público que no quiere decepcionarse con nuestra personalidad. Exigen que, en una lectura, aparezca ante ellos la fuerza de su libro favorito en persona, la profundidad del personaje que los ha conmovido, o el shock del verso que no pueden dejar. No sólo eso. Como, por lo general, los escritores amamos los libros, se supone que también amamos encuadernar, editar, cortar portadas, coser. Quieren (¿quiénes, quiénes son ellos?) que un escritor aparezca ante el público como si estuviera frente a un animal al que hay que domar, dentro de un circo en el que todos actúan y quién sabe quién ve. Salvo extrañísimas excepciones, lectores de mi corazón, lamento decirles que, a los escritores que yo conozco, lo escritor no se les ve, más que en el corazón. Mientras publican libros que se venden por todo el planeta y dan consejos en twitter para alcanzar la luz, andan por cualquier calle, de Portugal a San Francisco, de Colombia a Uruguay, de Suecia a México: nadie los reconocería. Ahora bien, hay otro tipo de escritores por los que yo no daría ni un centavo. Esos llevan un letrero pegado en su cuerpo, con la etiqueta de "escritor", algunos no salen de las academias, repitiendo semana tras semana a sus alumnos que ellos son "autoridades en la materia" (pobres chicos: ellos, y sus alumnos). Otros viven en pobres oficinas gubernamentales donde se les paga por publicar antologías y considerar inferior, diariamente, a todo el mundo que no ha leído sus libros (por lo general quien no ha leído sus libros es el mundo entero). Yo, por esas razones, a veces me siento mal. No me apasiona cortar cartones para pintar portadas, no me apasiona subirme a un escenario, no me apasiona la academia y entonces pienso: tal vez no me apasiona ser escritora. Pero, escribir, escribir para mí es un descanso. Un placer. Recuerdo que en una cena en México un narrador, como se estila allá, de esquina a esquina de la mesa me dijo gritando: no creas que soy un escritor que escribe y se tortura trabajando todos los días, escribo allá, de vez en cuando. Se molestó conmigo por que yo, desde mi total ignorancia, respondí honestamente: a mí escribir me gusta tanto, que procuro hacerlo todos los días. Desde entonces me odió. Pero qué más da. Yo sigo aquí, descansando, me acepto con mis limitaciones, jamás pintaré un cuadro, o diseñaré una de mis portadas. Jamás encuadernaré mi propio libro. Siempre seré una persona que, vista así nomás, podría ser cualquier cosa.

d.