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| De izquierda a derecha: Rita, Reinalda, Eva ¿Yo? Sandra. Abajo Paty, Carol |
Soy la perdedora de perdedoras. No porque crea que la vida es una competencia (ya saben que competir es la forma más eficiente de convertir al hombre en un ser estúpido -y además prepotente: siempre se pierde al competir, aunque uno llegue primero y reciba el "reconocimiento" del primer lugar). Me refiero a perder lo que se ha construido durante una vida. Perdí mi país, perdí mi casa, todo lo que había dentro de mi casa, perdí el sentido que (ilusamente creí) tenía mi vida. Perdí mi identidad, mi seguridad, mi salud. No hablemos de mi comodidad: la perdí. A la mayoría de mis amigos de la frontera los perdí. Mi "relación" amorosa, la perdí. Mi estabilidad económica: perdida, por completo. A ese tipo de pérdidas me refiero. Lo que se llama -o hemos oído decir- perderlo todo. Reflexiono sobre esto porque apenas ayer dudaba en asistir al seminario de mi Guru. En estos días he comenzado a tener un trabajito, la comodidad de una casa con mi mascota, dinero para viajar, una pequeña librería en dowtown LA, amigos increíbles y talentosos y un par de libros recién publicados que -parece- a los lectores les dicen algo pero, necesito viajar en junio y estar fuera de LA por más de diez días. Entonces, la idea de esfumarme del trabajo durante tanto tiempo comenzó a aterrorizarme, me di cuenta de que la experiencia de haber perdido todo -o casi todo- no me estaba brindando su enseñanza más alta, sino condicionándome a través del miedo: algo dentro de mí decía calladamente: no quiero volver a perder mi comodidad. Pensaba en la balanza que ha traído a mi vida la rutina, la rutina le encanta a mi cuerpo: disciplina, horarios, el reloj dentro de mi organismo me hace tanto bien, y me hacía la pregunta ¿Por qué quiero evadir mis responsabilidades más de diez días para olvidarme del mundo y estar con mi Gurú? ¿Qué es lo que no me gusta de mi vida que necesito borrarla sumergiéndola en otro mundo? Súbitamente tuve la respuesta ¿Qué sentido tuvo perder todo? ¿Apreciar a un grado avaricioso ese asunto de poseer, de ser dueña del mundo que habito? ¿o liberarme precisamente de la necesidad de ser dueña de algo?
Hace dos años creía que yo era una casa, una ciudad, un país, un trabajo. Y la vida me quitó la casa, el país, la ciudad y el trabajo, entonces ¿Quién soy? ¿Qué es lo que se ha quedado? El punto y la referencia parten de ahí. No soy la perdedora más perdedora, basta sólo con pensar en la guerra y los amigos que han sido torturados y asesinados, las mujeres que viven el machismo diario en nuestras sociedades de una forma impotente, los niños que no conocen otro mundo salvo el de la violencia y la vejación, las guerras destrozando el planeta aquí y allá ¿y yo? después de haber tenido la fuerza para dejar todo varias veces en favor de mi vida y de tener la oportunidad de ser despojada de todo lo que creía que era, para poder ver que soy algo mucho más allá de esos pequeños límites ¿voy a permitir que el drama de un miedo me detenga?
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